Durante mis años de recuperación, he conocido a cientos de compañeros adictos. Ni uno solo, defendió sus creencias religiosas para celebrar la Navidad, o habló de sus ganas de asistir a celebraciones en iglesias. Pero las fiestas de Navidad y Fin de Año, dejaban cada vez un coletazo importante de recaídas.

En la Navidad, coinciden para nosotros tres estímulos de consumo: el consumo omnipresente en las comidas y cenas, la licencia para consumir, es decir, esos días en que podíamos consumir de cara, sin escondernos, y la hipocresía. La hipocresía, en activo, nos daba un motivo extra para consumir, porque la mentira y las drogas, son inseparables. Era la complicidad con la mentira social, el respirar durante días y horas aquella falsedad de las reuniones sociales, en que tenían que aparentarse unas buenas relaciones que no eran, en que las personas intercambiaban regalos sin querer, obligados por las normas, y en que algunas veces, imposible de sostenerse, y bañada en alcohol, acababa en conflictos. Era la mentira personal de no querer estar ahí sentado, pero tener que estar para complacer a otros y quedar bien. Esa hipocresía que añadía a las ya a las normales ganas de consumir diarias, más ganas de consumir para soportarla.

Entonces, en recuperación, cualquier estimulo asociado a este gran estimulo, que es la Navidad, puede desencadenar ganas de consumir, o un tirón, desde el bombardeo de anuncios de cava, o las montañas de alcohol en los supermercados, hasta un árbol decorado o un pesebre, un villancico, las luces de las calles, una simple bombilla, las uvas (aunque la intención sea comerlas con coca-cola), el “clink” de las copas (aunque la intención sea brindar con agua), las palabras del familiar que nos dice cómo nos ha programado las fiestas.

Sin embargo, la Navidad, es una oportunidad preciosa para ejercer nuestra libertad: decir no a las drogas, decir no a la mentira, poner límites y priorizarnos sobre los demás. No mandamos, en si queremos que nos afecte o no, este gran estimulo que es la Navidad, porque aunque con el tiempo, se vive con normalidad o con indiferencia, de momento en modo automático y muchas veces inconsciente, manda nuestra neurobiología. Así pues, es mejor evitar estímulos relacionados, que si no nos pasan factura hoy, nos la pasarán mañana. Para mí, estos días no son distintos a los otros, y lo que más me gusta, es que al ser el solsticio de invierno, simbolizan el triunfo de la luz sobre la oscuridad: el día va ganando unos minutos más a la noche, como los días de luz de la recuperación van ganando terreno a la oscuridad del consumo.

Rosa Carnicero

Navidad 2015

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